Yo, trébol

Cuando un trébol está solo y alza su mirada hacia la luna,
le susurra al dulce viento palabras que nadie puede oír

quarta-feira, 10 de janeiro de 2007

Despertando en Foggy Dew

Una leve penumbra reinaba en el ambiente. Los días de cálidos amaneceres donde un disco dorado surgía entre un pálido azul lentamente por el borde del horizonte habían sido casi olvidados. Ahora todo se limitaba a un plateado enfermizo que tomaba una viveza malsana en los tonos más claros. Los días no reconfortaban como los de otras épocas, pero ya quedaban pocos que lo recordaran de primera mano. Altos edificios intentaban tocar la bóveda de papel de plata, algunos con mayor éxito que otros. Abajo, en las calles, el resplandor del bien entrado día ni siquiera lograba alcanzar el pavimento decrépito de la mayor parte de las zonas. Una penumbra eterna, conseguida gracias a los estrechos callejones y callejuelas fortificadas por bloques de raspado cemento y añejo ladrillo, daba una sensación de invarianza y nocturnidad a todo el ambiente urbano.

Los sonidos se percibían amortiguados por los muros de hormigón, ahogados entre multitud de nuevos sonidos que se generaban. Unos cercanos, y otros lejanos. Sirenas, explosiones, disparos, gritos de dolor, gritos de placer, conversaciones, música de antros suburbanos, motores... Una jungla de asfalto y engranajes, eso es lo que constituía la acústica. Si paseabas por un callejón y no oías más que un trémulo crepitar de algún fuego pasajero, sería mejor que hicieras tú mismo el ruido que faltaba antes de que te lo hicieran a ti. Así era la dura vida del anonimato. Una vida en la que nadie conocía realmente a nadie, y pocos eran los afortunados que sabían quiénes les querían ver muertos.

Pero no todo es así, porque el dinero sí da la felicidad. Grandes fortificaciones y unas bien pagadas patrullas de seguridad se encargaban con gran determinación de separar el paraíso del infierno. Porque, no nos engañemos, no todas las calles están bañadas en una bruma quejumbrosa de penumbra, bajo escombros de cemento y plagadas de sirenas y explosiones, y gente moribunda y hacinada intentando buscar un agujero donde descansar unas horas. Hay gente que puede pagar por una vida en el paraíso. Jardines, avenidas de reluciente piedra blanca, calles tranquilas y luminosas, donde hasta se puede percibir el fluir de agua casi transparente en fuentes comunales distribuidas por allí, como si alguien pensara que son un signo de distinción. Edificios impecables desafiando a una bóveda menos plateada y ampliamente visible, sin formar un espeso bosque de metal y cemento, sino con la delicadeza y gentileza de un pequeño jardín de rosas de alambre, intrincadas, hipnóticas. Con vidrieras transparentes de un azul olvidado, y paredes blancas, impolutas. Un apariencia completamente sintética, completamente extraña, completamente agradable. Pero este paraíso tiene un alto precio, claro. Por eso fundaron paraísos más baratos. No tienen tantos jardines, ni tantas fuentes, ni el agua es tan cristalina, ni hay tanto espacio entre edificios no tan cuidados ni tan brillantes, ni hay tantos soldados entrenados para evitar ataques o accesos no deseados. Pero es un paraíso si vives en la calle, sin duda alguna. Y, si vives en la calle, seguramente querrás mudarte al paraíso, a toda costa. Sobre todo, a costa de otros, claro. Pero todos lo saben, y se preparan día a día para llegar al paraíso, o quizás para traer a la gente al infierno, aún no lo han decidido. Detalles, detalles...

Y ahora, cuando miras al cielo desde donde has despertado, maldices la humedad que se está pegando a tu cuerpo y que te acompañará en todo este día. O, al menos, la parte de él en la que estés con vida. Porque, hayas despertado en el infierno o en el paraíso, la vida es dura en Foggy Dew.


1 Comments:

At 10:22 da tarde, janeiro 10, 2007, Blogger vary said...

Te he pasado a visitar,
mis saludos aquì quedan.

 

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